terça-feira


Montevideo, primero de enero de 2008

Cariño,

Tristeza existe. Tristeza de verdad. Sin motivos o razones aparentes de existir. Y se oculta en los rincones más oscuros, en los espacios más olvidados del tiempo y emerge siempre - traicionera - en los momentos más inesperados, reventando interiormente a la gente desprevenida y tonta, como yo. Y como tú. ¡Ten cuidado!

Ayer mientras los fuegos coloreaban los cielos de Uruguay y, ruidosos, lo hacían parecer aún más hermoso que en las otras noches y la gente estaba desesperada haciendo promesas que ellos mismos estaban seguros de que en la mañana siguiente las olvidarían y que no se las tomarían tan en serio, la tristeza, cariño, me golpeó el pecho. De pronto me vi desarmado, ahondando en angustia.

Me encerré en la hospedaría y me puse a pensar en suicidio. Entonces pensé en ti. Después en suicidio otra vez.

Me imaginé que tal vez hubiera cometido un error. Que debería haberte telefoneado antes de fin de año - ¡o peor! - que aún lo estuviera cometiendo porque de hecho había tiempo para tomar el teléfono y desearte un ¡prospero año nuevo!

Empecé a imaginar entonces que por alguna misteriosa razón - las estrellas, el champán, ¿quién sabe? - espontáneamente me contarías algo banal, algún deseo simple que sin querer vinieras alimentando en ti desde hace algunos pocos días,  como me van a cortar el pelo la próxima semana visito a mi madre en Santa Fe he ganado un perro que ahora hace parte de la familia ando pensando en volver al francés me hice un tatuaje en la ingle, o algo así, sabes, alguna cosa bonita y sin importancia que al parecer siempre ahorras para cualquier momento poder des-ten-sio-na-men-te dejar escapar por los labios para prolongar un poco más cualquier diálogo poco serio  que eventualmente tengamos.

Me quedé en vela durante la primera noche del año. Hice de todo para dormir: he intentado ver la TV; leído unos cuantos cuentos jodidos; tocado la harmónica; he fumado algunos cigarillos;  tomado té de manzanilla con antidepresivos y... ¡nada! Estaba triste y solo. En mi mente iba acordándome de momentos que jamás existieron: nuestra casita en el corazón de Buenos Aires, tú bañándote y cantando Gardel y después saliendo del cuarto completamente mojada, sacudiéndote el cuerpo y riéndote divertida a carcajadas; yo acostado encima de las almohadas, leyendo Neruda y sintiendo el olor de pasta desde la cocina irrumpiéndome la nariz; nuestro perro - él se llamaría Ringo, ¿o no? (...)

Aún he sacado el teléfono nuevamente y casi presioné todas las teclas de tu número, pero miré el reloj y vi que eran casi las cinco. Entonces me fui hasta la ventana para mirar los primeros rayos del sol del nuevo año naciendo por detrás de los edificios incoloros de Montevideo. Miré a la calle y un hombre muy borracho me deseó feliz año nuevo. Nada le dije.

Estoy triste. Jodidamente triste en el primer día del año.

A tí, Cariño, te deseo un año increíble, lleno de  felicidad.


Un beso enorme, del tamaño de todo lo que algunas veces comparamos para medir afecto, cariño y añoranza.

Te extraño mucho.

con Amor,
M.



PS: Diles a Lupe, Javi, Paco, Alícia, Bea, Roberto, y tu abuela que les mando saludos desde acá.

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